
Estaba ahí, lloraba porque nadie lo quería. Seguía y seguía derramando su espeso dolor en forma de agua, sus lágrimas eran gotas inmensamente bellas. Era poeta, escribía su amor, su odio y sus poemas con una claridad impresionante. El cuarto era obscuro, sordo, vacío, tenía lo necesario para poder tragarse la depresión como un manjar francés, pero llegó su mamá y dijo: Hijo, es hora de comer te estamos esperando hace diez minutos, deja de escribir en el sótano. Siguió triste y hasta el momento no sé por qué piensa que nadie lo quiere.
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